Si osas hablar de lo trans y no piensas igual que yo eres tránsfoba

Por Laura Lecuona *

Siobhan Guerrero Mc Manus (investigadora en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM y profesora de la Facultad de Ciencias, especializada en estudios de Filosofía de la Biología y Ciencia y Género) hizo una crítica a mi artículo “Cuando lo trans no es transgresor”. Me interesa mucho que se discutan esos temas, así que me alegro de que mi escrito haya tenido tal respuesta, aunque no toda ella fuera positiva.

La de la profesora Guerrero a todas luces positiva no era. Lo que más llama la atención, sin embargo, es que, al explicar “qué dice exactamente mi texto” para merecer “calificativos tan duros”, casi no refuta afirmaciones mías, sino afirmaciones que su lectura sesgada equivocadamente me atribuye, y que le llevan a concluir que mi postura, “en su simpleza, es abiertamente transófoba, falaz y etarista”. Me veo, pues, obligada a aclarar aquí lo que sí dije y lo que no dije, sobre todo para quienes leyeron su respuesta antes que el texto que la motivó o para quienes leyeron mi artículo bajo la influencia de su opinión tajante, y aprovecho para contraargumentar cuando en efecto nuestras posturas no coincidan.

Su primera acusación: “Asevera de manera injustificada que lo ‘progresista’ consiste hoy en día en considerar como ‘transgénero’ a aquellos niños o niñas que simplemente no cumplen con los roles o expresiones de género tradicionales”. Aquí Siobhan Guerrero no captó la no tan sutil ironía. Digo, sí, que eso es lo progresista “a juzgar por la ‘niña transgénero’ que aparece en la portada del número de enero de 2017 de National Geographic o la noticia de que los Boy Scouts han aceptado a un ‘niño transgénero’”. ¿Y en qué me baso para decir que eso es progresista según esto? En la reacción de los medios: en el New York Times, en una nota dedicada al nuevo boy scout, Christine Hauser exclama: “¡Cómo han cambiado las cosas!”; en la revista Teen Vogue se dice que gracias a la mencionada portada del NG “la gente transgénero de todas partes debe sentirse orgullosa”, y para ese número, titulado “The Gender Revolution”, resulta muy revolucionario destacar la foto de una niña vestida de rosa y con el pelo pintado de rosa, y que ahora está bajo los reflectores por su heroica “historia de transición”. A mí nada de eso me parece progresista, como le quedará claro a cualquiera que haya leído mi artículo con mente abierta y sin haberme encasillado de antemano como transófoba (sic). Con toda seguridad yo me habría alegrado si los Boy Scouts hubieran desechado por completo el requisito de admitir sólo a hombres, y lucho por una sociedad en la que niños y niñas puedan vestirse como se les antoje y no tengan que fingir nada ni hacer ninguna “transición” para sentirse cómodos y para que en la escuela no los molesten… Pero desgraciadamente no hemos llegado a ese punto, y temo que vayamos en retroceso.

A continuación la profesora Guerrero dice que yo “no ofrezco prueba alguna” de que se clasifique como “transgénero” a niños que “no cumplen con los roles o expresiones de género tradicionales”. Quizá Guerrero no se tomó la molestia de echar un ojo a los numerosos hipervínculos que puse en mi texto precisamente para respaldar mis afirmaciones. A lo largo de esta respuesta pongo nuevamente las mismas ligas para que ahora sí no se le escapen.

En esta nota, tomada del blog de la mujer transexual Miranda Yardley, crítica de las tendencias que yo veo con preocupación (y por lo mismo blanco de los activistas de la identidad de género), se recogen las supuestas razones por las que se ha concluido que una serie de niños eran “transgénero” (“Se vestía de princesa y odiaba las cosas de niños”, “Prefería jugar con muñecas y vestirse de princesa”, “Su cuarto estaba lleno de animales de peluche”):

Quien prefiera oír la historia en la propia voz de los niños y sus progenitores aquí tiene una entrevista con Joe Maldonado y su madre.

O acá esta nota sobre Avery Jackson, que incluye un video con ella (para que Guerrero no me reproche por “borrar el testimonio del menor en favor de una lectura puramente conductista”) y una conferencia de Debi Jackson.

Estas mismas referencias sirven para responder a Guerrero cuando alega: “De nuevo, aquí la autora peca de simplismo y claramente no puso atención al documental o a la revista ya que en ningún momento se establece que la inferencia sobre la causalidad dependa de la ropa o los juguetes”. Sólo agregaría que no me baso nada más en la revista, y que en todo caso quien peca de simplismo justo por hacer esas inferencias causales son los padres de Joe y Avery y quienes los aconsejaron.

Ahora bien, en virtud de que, partiendo de mi propia experiencia personal como niña que nunca encajó en los roles sexuales, que se vestía con ropa considerada “de niño”, que prefería el futbol a las muñecas y más de una vez dijo que quería ser niño, cuestiono que una criatura a los nueve años pueda tener tal cosa como una “identidad de género”, la señora Guerrero me tilda de “etarista” (es decir, que discrimino a los niños por ser menores de edad). Quizá me retire el mote si le aclaro que tampoco creo que los adultos tengan una “identidad de género” y por lo tanto no creo que eso se pueda descubrir ni que pueda cambiar ni que se pueda elegir. Para mí el concepto de “identidad de género” es problemático desde un punto de vista filosófico. Aquí tienen una conferencia de Rebecca Reilly-Cooper sobre lo que ella llama la “doctrina de la identidad de género”, imprescindible para cualquiera que se tome en serio estos asuntos.

Y, volviendo a lo de “etarista”, me pregunto si Guerrero consideraría sensato o deseable que un niño a los nueve años decidiera la carrera que va a estudiar más adelante o, digamos, eligiera a su futuro cónyuge. ¿Qué le diría a un niño que quisiera dejar de ir a la escuela? ¿Permitiría que tomara sus propias decisiones sobre su educación? Si a los niños se les da a elegir entre vacunarse o no vacunarse, ¿qué elegiría la mayoría? Por lo general no permitimos que los niños tomen por sí solos decisiones que afectan de manera determinante su futuro, y no porque los discriminemos sino porque los protegemos. La protección a los menores es un valor sumamente deseable en una sociedad.

Prosigue Guerrero: “Si admitimos que los roles, expresiones e identidades de género son convenciones, entonces cuál sería el problema de permitirle a un niño o niña el explorar los roles de género o las identidades con las cuales se identifica”, y le respondo: sí, los roles sexuales son convenciones sociales. No tengo claro si aquí está sugiriendo que los roles de género no son convenciones (y en tal caso tendría que explicar entonces qué son) o admitiendo que “las identidades de género son convenciones”, porque en otra parte de su escrito menciona que algunos sostienen que “la identidad de género es innata”; tal vez en otro momento aclaremos este tema fundamental. Estoy convencida de que hay que dejar a los niños vestirse como quieran, jugar a lo que quieran, imaginar lo que se les ocurra, explorar lo que esté a su alcance, y desde luego no apoyo que se les obligue a “adecuarse a una identidad”, signifique eso lo que signifique. En todo caso, me parece que tanto Guerrero como yoapoyamos esa libertad para niñas y niños por igual, y no es una coincidencia menor.

Hablando de respetar y proteger a los menores, al parecer algunos adultos tienen la costumbre de adoctrinar a adolescentes y convencerlos de que tienen tal o cual identidad. Aquí, de nuevo, una liga en la que se muestran chats de internet a los que recurren adolescentes un poco confundidos para conversar con adultos a los que no conocen y, al cabo de unos cuantos días de un intensivo “lavado de cerebro”, concluyen que son “transgénero”.

 (Quien quiera documentarse un poco más, no se pierda la exposición de los objetivos del sitio “Transgender Reality. What Trans People Are Really Saying Online”)

A Guerrero le sorprende que no sepa yo “que no es un proceso trivial en términos psicológicos el ‘diagnosticar’ a niños trans”. Se equivoca: sí lo sé. Por eso mismo me preocupa que personas que no son profesionales de la salud mental anden precisamente “diagnosticando” como trans a adolescentes confundidos (o a sus padres) en chats de internet. Quiero pensar que ésta es otra coincidencia entre Siobhan Guerrero y yo.

Pero luego viene otra acusación: “Concluye que de forma esencialista se les considera como transgénero precisamente porque se asume que hay una suerte de núcleo invariante que determinaría tales aspectos y que, por ende, justificaría asignarlos al género opuesto al asignado al nacer.” Aquí, si entiendo bien, sí tenemos una discrepancia porque, en efecto, en mi postura, que es la que llamo la feminista clásica, así como no cabe ninguna esencia ni “núcleo invariante” (y dejo para otro día la argumentación sobre cómo la postura queer corre el riesgo de comprometerse teóricamente con una esencia), tampoco cabe la idea de “género asignado al nacer”. Cuando la gente nace (o incluso antes), se reconoce su sexo viendo sus genitales. El género (es decir, el sistema social jerárquico construido para distinguir y clasificar a la gente según el sexo que tenga) no se “asigna” al nacer, sino que se nace en una sociedad que ya de antemano contaba con un sistema de valores que separa a las personas en virtud de su sexo y pone a los hombres y los niños por encima de las mujeres y las niñas.Vuelvo a remitir a la filósofa política Rebecca Reilly-Cooper, que lo explica muy bien en esta introducción para principiantes.

Está claro que éste es uno de los principales conflictos auténticos entre la postura de Guerrero y la mía, y valdrá la pena profundizar en otro momento.

Luego viene una parte interesantísima de su respuesta: “Desde el punto de vista biomédico, suele sostenerse que la identidad de género no sólo es innata sino que se expresa desde una muy corta edad”. Le pido a Guerrero, especialista en Ciencia y Género, que por favor, ¡por favor!, me diga en dónde puedo encontrar los estudios que muestran eso de que la identidad de género es innata (de preferencia que también se explique satisfactoriamente qué es eso de la identidad de género). Yo lo he buscado sin encontrarlo, así que le agradeceré mucho que me pase su bibliografía.

Luego Guerrero me malinterpreta y me acusa: “El texto continúa y, sin darse cuenta de la violencia que ello supone, entrecomilla constantemente la identidad transgénero de estos niños. Esto no sólo la pone en duda sino que, además, desdibuja la experiencia de ambos para reducir el asunto a un mero aspecto semántico-definicional. Este acto, por parte de la autora, es el equivalente al que encontramos en la prensa de nota roja o amarilla y que suele entrecomillar los nombres de las personas trans pues éstos no son, según se sugiere, verdaderos ya que, de nuevo, estas personas no son genuinamente hombres o mujeres. De nuevo, se filtra aquí un etarismo con el gesto transófobo que no reconoce los nombres elegidos por las personas trans.”

Aquí es pertinente una aclaración: lo que yo sistemáticamente entrecomillo es el concepto “identidad de género” porque, como he dicho, me parece problemático y no conozco ninguna definición que no recurra ni a estereotipos ni a esencialismos; es un concepto en el que no creo. Y para referirme a personas que han cambiado de sexo o están en proceso de hacerlo prefiero usar el sustantivo “transexual” o el adjetivo “trans”, debido a que, dada mi postura feminista clásica, soy muy cuidadosa en mi empleo de las palabras “sexo”, “género” y sus derivados. Por cierto que, como habrán detectado mis lectores más atentos, también entrecomillo expresiones como “ropa de niño”, “juegos de niña”, o adjetivos como “masculino” o “femenino” cuando se usan para calificar rasgos de carácter, actividades, rasgos físicos, etc. (y, aparte de todo, por deformación profesional entrecomillo o subrayo las palabras cuando se mencionan, por aquello de la distinción uso/mención, muy socorrida en la filosofía y la lingüística). Entonces, asegurar que ejerzo violencia por mi uso de las comillas es otra más de las interpretaciones equívocas que hace la profesora Guerrero.

El asalto continúa: mi artículo “levanta una gravísima acusación en contra del establishment psiquiátrico al acusarlos de llevar a cabo una práctica eugenésica al recetar drogas retardantes de la pubertad para aquellos menores que duden de su identidad de género o que estén ya seguros de que se identifican con un género distinto al asignado al nacer. Juzga, además, que ello va en contra de los propios gays y lesbianas”. Pero… ¿fui yo quien dijo eso?No. Mi nota dice, textualmente: “Algunas pensadoras afirman que esta nueva práctica de transgenerar a diestra y siniestra es una forma de eugenesia contra quienes no encajan en los estereotipos y, a fin de cuentas, contra gays y lesbianas”.

Quienes nos interesamos en estos temas debemos analizar las distintas posturas y los distintos argumentos; por eso remito a muy diversas fuentes y menciono qué han dicho otras personas. Está claro que la equiparación con la eugenesia no la hago yo, sino, como digo, “algunas pensadoras”, concretamente la especialista en ciencias políticas Sheila Jeffreys en su artículo “The transgendering of children: Gender eugenics”, que si yo fuera la profesora Guerrero no desecharía sin más sino que lo leería con atención. Aquí otro hipervínculo lleva a un estudio que concluye que “un efecto colateral de esta propaganda para la transición pediátrica es que proactivamente se convierte a jóvenes atraídos por su mismo sexo en heterosexuales fabricados quirúrgica y hormonalmente”. Se encuentra en 4th Wave Now, blog de “una comunidad de padres y amigos escépticos frente a la moda de ‘niños y jóvenes transgénero’”. Entre sus integrantes, por cierto, hay algunas personas que antes se identificaban como trans.

Y como no soy yo quien “levanta esas gravísimas acusaciones”, permítaseme dejar de lado esa refutación de Guerrero. Que mejor le respondan los verdaderos acusadores: Jeffreys y esos padres preocupados por hijos adolescentes que de la noche a la mañana se definen como trans al cabo de unas sesiones de chat con “activistas de la identidad de género” (descripción que tomo de Reilly-Cooper). Vale la pena subrayar aquí que de ninguna manera pienso que todos los transexuales se dediquen a ese activismo o lo promuevan. Prueba de ello es que en mi artículo, y de nuevo en esta réplica, cito a transexuales que coinciden conmigo en su crítica a esta tendencia de “transgenerar a diestra y siniestra”.

Enseguida Guerrero se dice sorprendido por mi “abierta y rotunda ignorancia” al “responsabilizar a la Teoría Queer de las prácticas de la propia psiquiatría”. Lo malo es que otra vez le falla el tino. Mis palabras textuales son: “Esta situación delirante es una victoria de ciertos derroteros de la teoría queer y su apropiación por los activistas de la ‘identidad de género’”. Es decir, no responsabilizo de esta tendencia directamente a “Judith Butler, Paul Preciado, David Halperin, Eve Sedgewick y otros teóricos queer”, sino ala manera como se han incorporado algunas ideas de esa teoría en el discurso de los activistas queer:personas como Riley J. Dennis, que se presenta como “feminista interseccional, no binaria, trans, queer, lesbiana”, y que por ejemplo en este video trata de tranquilizar a quienes puedan compartir conmigo la preocupación por los niños a los que se define como transgénero de manera según yo un poco precipitada.

La mala puntería no para; dice Guerrero: “Sostiene la autora que mejor sería ayudar a estos jóvenes a aceptar sus cuerpos y sus formas de ser”. Eso no es una afirmación mía, cabe aclarar, sino la manera como describo la postura de Kenneth Zucker, el sexólogo que, “antes de recetarles hormonas a adolescentes que se sentían del otro sexo, prefería darles terapia psicológica e intentar ayudarlos a aceptar su cuerpo y su manera de ser” (esas sí son mis palabras), y que gracias a los activistas de la identidad de género y sus difamaciones se ha convertido en un apestado.

Claro, eso tampoco significa que en un momento dado yo no pueda compartir la opinión de Zucker, y de hecho en mi simplismo no veo cómo pueda ser peor resultado que alguien acepte su cuerpo a que lo rechace, pero en este momento no se trata de eso. En el artículo que la profesora Guerrero pretende rebatir, yo no hago esa afirmación que me atribuye. Como se ve, incurre repetidamente en un vicio argumentativo (la falsa atribución), que es de esperar que no fomente en sus estudiantes y seguidores. Y, como no soy yo quien lo dice y en ninguna parte de mi artículo toqué el tema, me salto su refutación y su crítica a mi supuesta “ingenuidad epistemológica en torno a la propia forma de vivir el cuerpo y una suerte de naturalismo biologicista que, si lo encontráramos en otras esferas, nos resultaría caduco”. Lo que sí es una suerte es que yo no hable de eso, porque según Guerrero equivaldría a “negar la posibilidad de que el sujeto trans pueda existir como un sujeto viable. Y es aquí donde el texto alcanza su máximo grado de transfobia”.

En otras palabras: mi texto alcanza su “máximo grado de transfobia” en unas conclusiones que ella deriva (sin aportar más premisas) de una afirmación que ni siquiera es mía. Es grave, y francamente deshonesto desde el punto de vista intelectual y académico, que Guerrero diga, mediante trampas flagrantes y errores argumentativos elementales, que yo niego que “el sujeto trans pueda existir como un sujeto viable”, sabiendo, aparte de todo, cómo una acusación así podía inflamar a la comunidad que ella representa y ante la que por lo visto es líder de opinión. Guerrero tiene la obligación moral y profesional de informar de inmediato a sus numerosos seguidores que no tenía ningún fundamento para acusarme públicamente de tránsfoba (Guerrero dirá que no me acusó a mí sino a mi texto, pero es de todos sabido que sólo las personas, y no los textos, pueden tener filias y fobias).

Guerrero sigue haciendo derivaciones injustificadas a partir de una afirmación que yo no hice y que según ella suena “aquí sí, a eugenesia. Es la voz tutelar de una razón de Estado que se juzga competente para decidir la vida de cualquiera sin atender a sus propias experiencias o deseos. Y lo hace por medio de un naturalismo sobre el cuerpo que debería resultarle escandaloso a los teóricos de la raza, a las filósofas, a la intelectualidad, a las traductoras y lectoras –en voz alta y baja, en especial si son feministas– [esto es una alusión a mí] y, en suma, a cualquier persona abierta a la diferencia”. Quienes me hayan seguido hasta aquí tendrán que reconocer que lo escandaloso es que una investigadora en humanidades tenga una comprensión lectora tan deficiente como la que aquí manifiesta Guerrero. Pero no seamos malpensados: a lo mejor tan solo estaba obnubilada por la convicción de que soy “transófoba” (sic) y eso le impidió leerme con claridad y sin prejuicios cegadores. En cualquier caso, confío en que ahora pueda releer mi texto con “menos animosidad y más caridad argumentativa”, como le sugirió nuestro mutuo amigo el poeta y filósofo de la ciencia Carlos López Beltrán.

Pero esto no termina. La siguiente acusación que Guerrero me lanza es que injustamente equiparo “a los psiquiatras y a los teóricos queer con un tercer grupo de personas que, por medio de estrategias de protesta sumamente radicales, han amenazado la integridad de aquellas voces feministas que se comprometen con la distinción sexo-género y que consideran que el sexo descansa en una clara base biológica”.

Qué aburrido, pero una vez más hay que aclararlo: ni mezclo a los psiquiatras con los teóricos queer ni hablo de “todos los” nada. Allí donde menciono los ataques a Zucker, a la biblioteca de Vancouver o a Plataforma Antipatriarcado, o aludo a la censura sistemática que sufren académicas como Julie Bindel o Sheila Jeffreys porque alguien decidió que son “tránsfobas” (o “terfs” o “feminazis”, insultos fáciles que ahora parecen usarse indistintamente), sigo refiriéndome a los activistas de la “identidad de género”, y por si a alguien todavía le quedaran dudas, no todos los jóvenes que simpatizan con la teoría queer son transexuales, ni todos ellos son activistas, ni todas las personas transexuales creen en la identidad de género, ni todas las personas transexuales son activistas de la identidad de género. Pero subrayo algo que me parece fundamental: Guerrero reconoce que esos métodos de protesta son “sumamente radicales”, y se adivina en sus palabras cierta condena a los activistas que han participado en esos ataques. Bien por eso.Por cierto, también la deportista transexual vasca Izaro Antxia se muestra rotundamente crítica de los métodos de quienes cerraron la web feminista española, como se ve en esta entrada de su blog a la que vuelvo a remitir.

Prosigue Guerrero y dice que sostengo “de manera totalmente falaz que hay un rechazo absoluto a decir que una mujer trans ‘nació niño’”. Mis palabras son menos rotundas: yo digo que los activistas de la identidad de género consideran anatema decir que una mujer trans nació niño, y aquí está una vez más la prueba que antes ofrecí, ahora completa (aunque sin subtítulos): una entrevista del periodista Piers Morgan con la mujer trans Janet Mock, que se enfadó con él (y acicateó a sus seguidores a acosarlo en Twitter) porque se refirió a ella como alguien que “antes fue hombre” o que “nació niño” (al parecer lo correcto habría sido asegurar que “siempre fue mujer”). Esto es interesante también para conocer las estrategias de ataque de esos activistas.

Guerrero otra vez: “Laura comete un acto más de simplificación al señalar que la falla de las voces trans le hace la tarea a grupos como el Frente Nacional por la Familia al ofrecer imágenes caricaturizadas y que permiten ser llamadas ‘ideologías de género’.”

Sí: sugiero, en efecto, que tal vez los activistas trans estén dándoles una ayudadita a grupos de la extrema derecha, como los que en México recientemente se han manifestado en contra del matrimonio igualitario. Estos derechistas definen la “ideología de género” como una que “afirma que no existen sexos; sólo roles, orientaciones sexuales mudantes, que se pueden cambiar en la vida todas las veces que se quiera”. Vean los escépticos en este video y en este otro cómo un(a) joven que cree en la “fluidez de los géneros” popularizada por algunos derroteros de la teoría queer “cambia de género” en el mismo día y entenderán mi afirmación. También entenderán por qué en mi artículo digo que ese activismo “trivializa la experiencia de la misma gente transexual” y por eso “muchos transexuales se le oponen”.

La crítica de la profesora Guerrero a lo que leyó en mi artículo (sin que necesariamente estuviera ahí, sin que necesariamente lo hubiera dicho yo o sin que se dedujera lógicamente de lo que yo decía) termina con unos párrafos dedicados a la distinción feminista clásica entre sexo y género, por un lado, y las voces “partidarias de la fluidez, del cambio y del devenir y aquellas que son partidarias de una visión mucho más binaria y fijista y que asume que la identidad es inmutable y está dada”. Me gusta lo de la visión “muy binaria y fijista”, pero este tema me interesa abordarlo más a fondo en un siguiente artículo.

Por último, Guerrero, hablando de ese muñeco de paja en que me convirtió, dice que se arroga “el derecho de opinar sobre nuestras vidas, sobre nuestras voces, sobre nuestra política, sin siquiera dialogar con nosotras”. El tema de mi artículo, como le habrá quedado claro a cualquier lector o lectora que no estuviera cegado por el prejuicio, no es la vida de los transexuales. Sí menciono los métodos, el dogmatismo y la política de los activistas de la identidad de género, pero tanto Guerrero como yo sabemos que no todos los trans ni todos los simpatizantes de la teoría queer recurren a esas prácticas violentas e intelectualmente deshonestas.

Agradezco a las lectoras y lectores que me hayan acompañado hasta aquí. Espero que Siobhan Guerrero reconozca que su respuesta a mi texto, además de abundar en falsas atribuciones y deducciones injustificadas, fue estridente y combativa en exceso. Atentamente le solicito que a todos los seguidores, amigos y estudiantes a los que puso en mi contra al propiciar una lectura tan tramposa de mi artículo les informe que sus conclusiones fueron precipitadas; que les haga ver que si cierro mi artículo afirmando que son compatibles los derechos de las personas transexuales (como ella) y los principios feministas básicos (como los que yo sostengo), quizá tránsfoba, tránsfoba no soy. Como profesora universitaria, Guerrero tiene la responsabilidad de enseñar a los jóvenes el verdadero significado de una mente abierta: emplear la capacidad de analizar y debatir ideas desde la razón, en lugar de atacar irreflexivamente desde la víscera.

Originalmente publicado en el ya desaparecido HuffPost México el 22 de febrero de 2017

Fuente de la imagen: Deth P. Sun

*Estudió Filosofía en la UNAM. Traductora y editora, ha dedicado su vida profesional al mundo de los libros. Es autora del ensayo para jóvenes Las mujeres son seres humanos (Secretaría de Cultura, 2016). De vez en cuando desempolva su formación en filosofía y escribe sobre temas de interés feminista.

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